La convocatoria fue rauda: un cartel pegado con cinta, una hoja rota que cruzaba la madrugada. Entre los aspirantes había rostros que ya se conocían por redes y espejos; había también gente que traía su propia luz en forma de secretos. El director, un hombre con barba de lluvia, decía pocas palabras y pedía que interpretaran una escena sin texto: que contaran una historia solo con gesto y mirada.

FOLLOW US